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EL CAMINO REAL (Por Jesús Álvarez Álvarez)

  El Camino Real, utilizado como vía de comunicación primero por los romanos, y más tarde por los árabes, tuvo un papel muy importante a partir de la construcción del Monasterio de Guadalupe a principios del siglo XIV. Era una de las vías de peregrinación que unían Castilla con el monasterio Jerónimo. Por este camino de herradura pasaron los peregrinos devotos de la Edad Media, los viajeros pudientes de la Europa cristiana, los embajadores y los mendigos, los nobles y la gente de la Iglesia, así como los príncipes y reyes.

  El Camino Real fue desde un principio la principal vía de peregrinación a Guadalupe. Se trata del camino que históricamente unía Talavera de la Reina, capital de un extenso territorio, con las aldeas de La Jara más occidental. Es una de las vías que condujo a los primeros pobladores medievales hasta los valles de los ríos Ibor y Gualija y a las dehesas del Pedroso y de los Guadalupes. Tradicionalmente ha sido conocido con el nombre de Camino Real,  por haber sido protegido y utilizado por diferentes monarcas.

En aquella época, las principales vías de comunicación eran los llamados Caminos Reales, y entre ellas se encontraba el Camino Real de Guadalupe. Era una de las dos vías de comunicación más importantes de las tierras de Talavera de la Reina junto con la ruta que seguía la línea natural del Tajo, que comunicaba Portugal con Madrid pasando por Extremadura, Talavera de la Reina y Toledo. Estas rutas por donde se hacían viajes a larga distancia necesitaban además una continua reparación para mantenerlas en buen estado. A la afluencia de viajeros, transporte de mercancías y los traslados de personalidades, comitivas, viajes del rey o los obispos, etc., se une, desde finales del siglo XVI, la función de itinerario de las postas para llevar el correo real, de un lugar a otro, con la mayor rapidez. Estas postas, o lugares de parada para los correos, darían lugar a las ventas o posadas situadas a lo largo del Camino Real.

El Camino Real de Talavera a Guadalupe fue incluido en los mapas de las vías de comunicación más importantes del siglo XVI. Fueron trazados y dibujados por Juan de Villuga en el año 1546, cuya publicación con el título de Repertorio de todos los caminos de España es el libro más antiguo de mapas de la Península. El camino descrito por Juan de Villuga tenía su origen en Segovia, se dirigía a Toledo pasando por Madrid,  y siguiendo la línea del Tajo llegaba a Talavera de la Reina. En el segundo tramo del  Camino Real de Talavera a Guadalupe, se citan las siguientes paradas: Talavera-La Venta de la Cierva-Puente del Arzobispo-Villar del Pedroso-Venta de los Nogales-Venta de la Magdalena-La Venta del Hospital del Obispo-Venta de la Hermandad y por fin Guadalupe.

  Este camino de Guadalupe era una de las rutas más frecuentadas desde la Baja Edad Media, y tuvo su mayor apogeo en los siglos XV y XVI. Perfectamente descrito y continuamente citado por todas las fuentes, representaba un cauce caminero para la devoción mariana y la aventura de miles de peregrinos que se desplazan a lo largo del año desde muy diferentes puntos de la geografía española: Castilla la Nueva, el reino de Aragón o Levante.

  El Camino Real  partía de Talavera de la Reina, y discurría paralelo al Tajo por el Camino Viejo de Calera y Chozas. Pueblo que pertenecía a las antiguas tierras de Talavera y se formó a partir de varios núcleos de población Cobisa, Chozas, Calera o Tórtolas, y que ya fue habitado en época romana. Desde aquí, continuaba en dirección oeste hacia Alcolea. Población que lleva la huella musulmana en su propio nombre ‘Al- culay’ a’ que quiere decir el castillejo en árabe. Desde Alcolea llegaba a orillas del Tajo para cruzarlo en barca o cabalgando, por el lugar donde actualmente se sitúa la población de Puente del Arzobispo.

Se puede decir que Puente del arzobispo es un pueblo que nace a consecuencia del camino de Guadalupe. A finales del siglo XIV era arzobispo de Toledo don Pedro Tenorio, quien tenía propiedades en Alcolea. El obispo frecuentaba la zona y conocía los peligros que debían hacer frente los miles de peregrinos que se dirigían al monasterio de Guadalupe. Conmovido por los riesgos que afrontaban ordenó construir un puente sobre el río. Pero no sólo se construyó el puente por motivos religiosos, también económicos. Pues, todos los ganados y mercancías que pasaran por él debían de pagar una tasa o tributo, que recibía el nombre de `pontazgo’.

Después de cruzar el Puente sobre el río Tajo, el camino se adentra en la provincia de Cáceres en dirección a Villar del Pedroso, pueblo donde varias civilizaciones han dejado su huella. El caserío más antiguo se situaba en torno a la iglesia, pero el trasiego de romeros y peregrinos hizo extenderse el pueblo hacia la transitada vía de peregrinación. Era importante la vitalidad económica que suponía para cualquier pequeña población ese intenso discurrir de los viajeros. En el siglo XV existía un hospital en Villar del Pedroso, así como una hospedería, donde se alojaban los viajeros sanos, mientras los peregrinos enfermos eran acogidos en el hospital.

  Continúa desde Villar del Pedroso en dirección suroeste, donde a unos cientos de metros se encuentra la cruz de Guadalupe, de época gótica. El camino se dirigía hacia las desaparecidas ventas de San Miguel, situadas en terreno de Carrascalejo, que acogían a los peregrinos antes de ascender la sierra hasta el Puerto de Arrebatacapas.

  Los peregrinos podían hacer un alto en el Puerto de Arrebatacapas para descansar y recuperar el aliento, después de la subida por las empinadas cuestas de la sierra de Altamira. Mientras descansaban, podían disfrutar de la amplia panorámica que se contempla desde este lugar. Al norte, el valle del Tajo, con la sierra de Gredos al fondo. Al este, toda La Jara con la sierra de la Estrella destacando sobre la llanura, y más a la derecha los montes de Toledo que forman la Jara Alta. También podían divisar los edificios de Talavera de la Reina, así como muchos de los pueblos que  ocupan estas tierras. Al sur, se elevan las cimas de la sierra de Altamira y el valle del río Guadarranque, sobre el que destaca la sierra de La Palomera. Y al oeste, el valle del río Gualija que se dirige al Tajo con la sierra del Hospital al fondo. Desde este punto, al volver la vista atrás, podían observar con satisfacción el largo camino que ya habían recorrido desde Talavera o desde cualquier otro lugar de partida.  Y hacia el otro lado, podían ver el siguiente tramo que tenían que recorrer hasta el Valle del Hospital. Tratando de adivinar con la mirada cual era el trayecto a seguir, y qué dificultades se encontrarían al tener que atravesar los numerosos montes y cerros que tenían por delante.

  Desde aquí, descendía por la solana de la sierra de Altamira, pasando junto a la fuente de los Gallegos hacia el collado de la Venta del Puerto. Desde el collado, continuaba dejando a la derecha Casa Sola, cruzando las cancheras por el denominado Portillo del Camino Real. Desde aquí, bajaba al Valle de la Venta a pasar por los Caserones, lugar donde estaba situada la venta que da nombre a dicho valle. Desde este punto, continuaba paralelo al río Gualija en  dirección hacia las Cabezuelas, y en sentido contrario al curso del río, hasta pasar junto al Puente de los Canterones. Dejaba a la izquierda el Robledillo, giraba hacía la derecha y subía por Las Lucías, pasando junto ar la fuente de los Carboneros, hasta el alto de Las Cruces, para descender hasta la Chorrera de Tumbafrailes, siguiendo el arroyo en dirección hacia los Horcones. En este lugar existe un puente de piedra medio derruido. Fue construido a comienzos del siglo XX, pero desconocemos si, anteriormente, había algún puente que permitiera vadear el arroyo en épocas de crecidas a los viajeros de aquella época.

  Pasados los Horcones comienza a subir la sierra del Hospital, y va paralelo a la Garganta de La Venta hasta el actual corral de la Venta, antiguamente Venta de la Magdalena, que también fue lugar de parada y de descanso para los caminantes. Continúa el camino en dirección al collado de Linarejos, para completar la ascensión de la sierra hasta el Valle del Hospital, pasando por la izquierda del cancho del Ataque, y adentrarse entre las sombras de los grandes robles que pueblan el Valle donde se encuentra el famoso Hospital del Obispo. Este hospital fue fundado para socorrer a los peregrinos, proporcionando un techo donde dormir y algo de pan para comer. Junto a la Casa se encuentra la conocida fuente del Hospital donde se refrescaban y saciaban su sed los peregrinos.

  Aún se conserva en buen estado el tramo del trazado original que va desde la Casa del Hospital hasta el Puerto de Cereceda. Por aquí cruza la carretera y comienza a descender la sierra en dirección al monte Cubero. Se dirige por Cabeza Rebollosa  en dirección al valle del Ibor, hasta llegar al Puente de Los Álamos, por donde cruzaba el río Ibor. En sus  proximidades estaba situada la venta de la Hermandad. Aquí se unía el camino Real de Talavera con el otro camino que conducía desde Navalmoral de la Mata a Guadalupe. El Camino Viejo continúa por la derecha de la actual carretera, rodeado de robles y castaños en la subida hasta el Humilladero. En este lugar, los peregrinos daban vista por primera vez al monasterio, se arrodillaban y agradecían a la Virgen de Guadalupe su protección en el camino. El Humilladero es un monumento gótico-mudéjar construido a principios del siglo XV de gran valor artístico. Desde el Humilladero vieron por primera vez el Monasterio muchos peregrinos entre los que estuvo Miguel de Cervantes. Se sabe que, después de su cautiverio en Orán, vino como tantos otros liberados de las prisiones otomanas, a ofrecer sus grilletes a la Virgen de Guadalupe.

  A continuación ofrecemos una descripción del Camino Real recogida por el ilustre viajero del siglo XVIII Don Antonio Ponz, en su libro Viajar por Extremadura’ editado en el año de 1772 en que nos describe el camino desde Villar del Pedroso a Guadalupe:

Las siete leguas que hay desde el pequeño lugar del Pedroso a Guadalupe, son de un verdadero desierto, sin hallar en todo el camino más que una casa llamada el Hospital del Obispo, situada en una alta cumbre a la distancia de cuatro leguas, caminando siempre por senderos fáciles de perder.

A la izquierda saliendo del Villar, se ve Carrascalejo, y a la derecha está Valdelacasa, lugares cortos. Al cabo de una llanura entre encinas y sembrados se empiezan a subir los altos cerros de la cordillera de Guadalupe. El primero, y segundo son muy elevados, y fragosos, entre los cuales hay un terreno interrumpido de lomas, y frondosos, aunque estrechos valles, que parece convidan a hacer allí muchas poblaciones.

Toda la tierra está vestida de carrascas, madroños, romeros, y otros géneros de arbustos inútiles en aquella soledad.

   El segundo de estos altos cerros está coronado de grandísimos robles, y en donde se encuentra el hospital, que llaman del Obispo. En lo antiguo fue casa de recreación del rey D. Pedro; y el rey D. Enrique su hermano la destinó para hospedaje de peregrinos. Después la dilató y ensanchó D. Diego de Muros, Obispo de Canarias. D. Juan del Castillo, Obispo de Cuba, dotó dicho Hospital para que a cada peregrino se le diese en él un pan de á libra. Al presente se halla en decadencia esta obra pía, aunque todavía se da algún socorro a los pobres que pasan por allí‘.

  A lo largo de este recorrido existían varias ventas o posadas, donde podían descansar y comer los peregrinos. Cerca de Calera se situaba la llamada Venta de la Cierva, que en 1576 era propiedad de Pedro Meneses, noble de Talavera. En término de Villar del Pedroso, debió de existir la Venta de los Nogales, que era de un vecino de ese lugar según consta en las Relaciones de Felipe II. En terreno de Carrascalejo, antes de subir el puerto de Arrebatacapas, se encontraba la Venta de San Miguel. Y ya en tierras de Navatrasierra, en el Valle de la Venta, estaría situada la que aparece en un antiguo mapa como Venta de los Duraznos, concretamente en el lugar llamado Los Caserones. A continuación se hallaba la Venta de la Magdalena, en el lugar donde se sitúa actualmente el corral de La Venta, que en 1576 era propiedad de Francisco Méndez de Carvajal, vecino de Talavera. En el Valle del Hospital existía desde el siglo XIV un hospital u hospedería para los peregrinos que se dirigían a Guadalupe. Y por último, próxima a Guadalupe, la Venta de la Hermandad, institución muy ligada a la vigilancia de los caminos en la Tierra de Talavera.

  Esta ruta a Guadalupe es la más antigua y atractiva de todas, pero también la más insegura; eso motivó su progresivo abandono, debido a varias causas: el despoblamiento, y los peligros que debían afrontar los peregrinos que se aventuraban desde el siglo XIV por los solitarios caminos. Expuestos a enfrentarse con osos y lobos que abundaban por toda la zona, o a ser asaltados por los bandoleros y ladrones que se refugiaban en estos montes. Todo esto unido al cansancio del largo trayecto y el hambre que padecían los peregrinos, debió de causar la muerte a muchos de los caminantes que osaban cruzar estos territorios entonces inhóspitos.

  A pesar de su abandono como vía principal de peregrinación hacía Guadalupe, durante el siglo  XVIII, continuó siendo transitado por los pobladores de Navatrasierra para dirigirse a Guadalupe. Este uso, permitió su conservación hasta la construcción de la primera carretera en 1924, cuyo trazado se extendía hasta el Valle del Hospital, siguiendo algunos tramos del Camino.

  El Camino Real también comunicaría el Monasterio de Guadalupe con la aldea de La Burguilla, explotada por los monjes del Monasterio de Guadalupe, y ubicada a unos 3 kilómetros al oeste de Villar del Pedroso. Con el paso del tiempo, el camino que discurre por el Puerto de San Vicente y Alía, fue tomando auge en detrimento de este viejo Camino Real.

  Varios monarcas eligieron este itinerario en su peregrinaje a Guadalupe, entre los que cabe destacar los siguientes:

  - En el verano de 1501, el archiduque Felipe de Austria, el Hermoso, heredero de la corona de Castilla y Aragón, junto con su esposa doña Juana de Castilla, la Loca, hija de los Reyes Católicos, pasaron por el Hospital del Obispo y durmieron en el Villar del Pedroso.

- Al menos en siete ocasiones, fue recorrido  por los Reyes Católicos en sus frecuentes  visitas a Guadalupe. En Abril de 1502 regresaban de visitar el monasterio pasando por el hospital del Obispo y por el puerto de Arrebatacapas.

  D. Julián García Sánchez en su libro ‘Crónicas del Arañuelo’ nos describe el viaje de Oropesa a Guadalupe realizado por Carlos V en 1525. Tiene el joven monarca 25 años.

Desde  el Puente del Arzobispo, donde se incorpora al cortejo imperial, por gentileza y vasallaje, el Señor de Oropesa, iniciamos la marcha ‘so el fondón de sus banderas’. Al atardecer del 4 de Abril la comitiva llega al Villar el Pedroso, lugarejo de 100 vecinos, donde cena y duerme su majestad. El Villar del Pedroso se encuentra en la mitad del camino de Talavera de la Reina a Guadalupe. La marcha se hace dejando a la izquierda los actuales núcleos urbanos de Carrascalejo y Navatrasierra. Los alabarderos del emperador han tomado agua en la Venta de los Nogales, antes del puerto de Arrebatacapas; los servidores del Señor de Oropesa lo hacemos en la Venta de la Magdalena, pasado el puerto. Al llegar al alto de Cereceda encontramos el famoso Hospital del Obispo. Aquí se tiene preparado yantar para todo el séquito. Todos hemos recibido en el Hospital, un pan de a libra, que estableciera para los peregrinos el Obispo D. Juan del Castillo. Después a media tarde, en la Venta de la Hermandad, abrevan las cabalgaduras, estamos en Guadalupe.

  Más recientemente, a principios del siglo XX, también pasaron camino de Guadalupe el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, pero sin seguir el itinerario del camino Real, ya en desuso. Pasaron por Navatrasierra a través del camino de Carrascalejo y pernoctaron en la casa del Hospital del Obispo, siendo invitados del Marqués de la Romana, por aquel entonces propietario de dicha casa

   

Testimonio de viajeros antiguos

En cualquier época, han sido los ilustres viajeros los que fueron dejando constancia escrita de los lugares que recorrieron y visitaron en sus largos viajes. Esas informaciones han sido muy valiosas y de gran utilidad por la gran cantidad  de datos que aportan para el conocimiento de los caminos y sitios por donde pasaron. Muchos de ellos transitaron por este camino, y estos son los testimonios de algunos:

  Jerónimo Múnzer, alemán (1495).-Médico, recorrió España y Portugal en los años 1494-1495. Procedente de Salamanca, llegó a Guadalupe –al que dedicaría uno de los capítulos más extensos y elogiosos de su valiosísima relación del viaje- el 8 de enero de 1495 y el día 11, ‘volviendo por aquellos altísimos montes, pasando por el Puente del Arzobispo nos dirigimos a Toledo, que dista de Guadalupe ventisiete leguas’.

Antonio Lalaing, belga (1502).-‘...el miércoles, último día de agosto, caminaron seis leguas, comieron en Puente del Arzobispo y durmieron en un pueblo llamado Villar del Predroso, a dos leguas del sitio donde comieron. El jueves, primero de septiembre, comieron en ‘Palasse’ y durmieron en nuestra  Señora de Guadalupe’.  (´Palasse´ se refiere a la venta de los Palacios, situada junto al Hospital del Obispo).

Andrés Navajero, genovés (1525).- En su camino desde Talavera a Guadalupe dice que pasó por Navalvillar de Ibor el 28 de febrero y que una buena parte de este camino ‘es por montes muy ásperos y se pasa por el puerto de Rebata Capas’.

Diego Cuelbis, alemán (1599).-‘Llegamos a la vigilia de N. Señora del Assumtion, le 12 dia del Agosto año de MDXCIX a las tres de medio dia. Esta una legua y media de la Venta Real. De esta a Guadalupe ay de tres a quatro leguas. Montañas llenas de muchas y saludabres herbas y flores, ro-mero y lauéndula, que dan mucho deleyte y agradable olor a los caminantes’

Martín Zeiller, alemán (1617).-No cita expresamente el Hospital del Obispo, pero se refiere a él cuando escribe que ‘...En las nonas de mayo, un camino áspero e incómodo de cuatro millas, por los montes guada-lupenses, llevó a los nuestros a una venta o posada sita en los montes, en la cual comieron, a tres millas de Guadalupe’.

Norberto Caímo, monje jerónimo italiano (1759).-‘...Después de tres leguas vinimos a dar a un lugar de pocas casas llamado Hospital, pero destinado por los monjes a albergue de peregrinos. Aquí tomamos un poco de reposo y, sin haber comido, merendamos castañas en compañía de gente rústica, de vestido y rostro nuevo y extravagante. El resto del camino fue casi siempre por barrancos impracticables que, sin embargo, de cuándo en cuándo ofrecían senderos amenos para los verdes olivares y arbustos de donde, a menudo, salían bandadas de perdices, pues es grande su abundancia en este país’.

Antonio Ponz, español de Castellón (1771).-‘Las siete leguas que hay desde el pequeño lugar del Pedroso a Guadalupe son un verdadero desierto, sin hallar en todo el camino mas que una casa llamada el Hospital del Obispo, situada en una alta cumbre a la distancia de quatro leguas, caminando siempre por senderos fáciles de perder... El segundo de estos altos cerros está coronado de grandísimos robles y es donde se encuentra el hospital que llaman del Obispo. En lo antiguo fue casa de recreación del Rey don Pedro y el Rey don Enrique su hermano la destinó para hospedage... Al presente se halla en decadencia esta obra pía, aunque todavía se da algun socorro a los pobres que pasan por allí’.

Antonio Conca y Alcaraz, español de Murcia (1793).-‘Dos leguas después de Villanueva viene Pedroso, y alcanzando la cadena de los montes de Guadalupe se encuentra el Hospital del Obispo, que antiguamente fue casa de recreo del rey don Pedro y que su hermano don Enrique la dedicó para albergue de peregrinos...

Pascual Madoz, español de Pamplona (1847).-Tras citar su fundación por Diego de Muros, dice que sus rentas están cargadas sobre una dehesa que tenía el monasterio de Guadalupe llamada El Guijo, y concluye: ‘Hace casi un siglo que se dejó de prestar socorros en este establecimiento y está casi arruinado’.

Víctor Balaguer, español de Barcelona (1851).-Con gran belleza escribe: ‘...el camino es agreste pero pintoresco. Seguid la angosta senda que se abre ante vuestros pasos y que os conducirá al puerto de Cereceda, único que en el espacio de muchas leguas aportilla la montaña en que está situado. Algo borrado está el sendero; las malezas lo alfombran, lo obstruyen los peñascos enormes que hace rodar la tempestad de las vertientes laterales, pero en cambio os será grata la caminata si amáis las asperezas de las lomas y cañadas, si os placen las perspectivas que despliegan tesoros de virgen y robusta vegetación, si os gusta ver saltar de peña en peña con su murmullo melancólico transparentes arroyos que arrastran su corriente por entre madroños y carrascas, brezos y quejigos’.

 

 

Una curiosidad del Camino Real.

En una ocasión D. Juan Álvarez al que todos recordamos, me dijo que él había leído en un tratado de historia que Felipe II dio a su sobrino el rey Sebastián de Portugal  una comida en el Hospital del Obispo.  Una comida en la que se sirvieron para su degustación 200 clases de pescado diferentes. No supo decirme donde lo leyó porque no lo memorizo, ni yo después he podido encontrarlo en ningún sitio, a pesar de haber repasado los distintos viajes de este rey, en los que se relatan que varias veces comió en dicho Hospital; no obstante esta comida pudo ser cierta, veamos como.

Se puede dudar de la veracidad de esta comida, argumentando que este hecho hubiera podido suceder en un lugar a tantos kilómetros de la costa  y en aquellas remotas fechas  de finales del siglo XVI o principios del XVII, con los escasos medios  de que entonces se disponía para conservar el pescado fresco, pero trataré de demostrar  su posibilidad.

Según un reportaje  emitido por la 2ª cadena de TVE el día 19 de noviembre de 2002, en el siglo XVI existía una industria  que se llamaba  Pozos de la Nieve o Pozos del Hielo. En el mapa de  Tomas López y Vargas Machuca que data de 1765 se ve como en lo mas alto de la Villuerca  se señala  un Pozo de la Nieve, y en un mapa que manda al Cardenal Lorenzana  en 1782 el cura de Valdelacasa de Tajo D. Manuel Segundo Alonso, en la relación de sitios, con el Nº 26  se señala un Pozo de la Nieve  del Monasterio de Guadalupe. Pues bien, ahí tenéis  las neveras de aquellos ya remotos tiempos.

Estos pozos eran de una  construcción muy sencilla, aunque muy eficaz, se solían hacer en sitios altos y umbríos o en sitios bajos  y en zonas frías. Su construcción  era naturalmente subterránea, profunda, cilíndrica y con  una cúpula en forma de horno; tenia una puerta a ras de tierra. Estos pozos se fabricaban como sigue: se hacia un hoyo lo mas profundo posible, aislándolo de que entrara agua. Para aislar las paredes  se ponían cañas huecas sin quitar las hojas, porque las cañas huecas  sirven de aislante entre la pared y la nieve o hielo. Sobre su suelo se colocaban  piedras de unos 40 cm de alto, sobre estos pilares, dispuesto a una distancia de  uno o  dos metros de separación, según su capacidad, se colocaban palos, restos como cabrios  y sobre ellos se colocaban tablas, con una separación de unos 15 cm  unas de otras;  sobre estas tablas se colocaban ramas verdes de encina, roble, aliso u otra especie que tuviera hojas verdes; sobre esta digamos cama  se ponía un buen colchón de paja, sobre esta paja  se ponía nieve, que una vez extendida se pisaba  con pisones de madera para apretarla, se ponía una cantidad de unos 50 cm de nieve bien pisada, después se ponía otra vez paja formando colchón y aislante  y a continuación nieve pisada, así todos los lechos que el pozo según su altura permitiera. Una vez lleno se  cerraba la puerta todo lo más hermético posible y así se conservaba la nieve todo el tiempo necesario, después esta nieve se utilizaba en cualquier ocasión, lo mismo de invierno que de verano, para refrescar y conservar los alimentos.

Estas eran las neveras de entonces, el trasporte de esta nieve se hacia cubierta de paja a lomos de caballos o mulos rápidos, con estos procedimientos ya no parece tan utópico el que dicha comida pudiera celebrarse en un lugar tan alejado de la costa; todos sabemos el poder aislante que tiene la paja, cualquiera de los que actualmente tenemos mas de 60 años  recordamos como Román Fernández  cuando tenia el bar y no había luz eléctrica en el pueblo, iba a Valdelacasa a por hielo, y lo trasportaba hasta el pueblo metido en costales llenos de paja a lomos de los mulos, así llegaba intacto a su establecimiento para después refrescar las bebidas.        

De todos los que tenemos mas de 60 años es conocida la propiedad que tiene la paja de aislante, tanto para calor como para frío, de ahí se sabe que cuando en las largas noches de dormida en los caseríos de campo, había que cocer por la noche el cocido u otro cualquier alimento para almorzar por la mañana, si no querías estar toda la noche pendiente de atizar la lumbre con lo que casi no podíamos dormir, con la falta que nos hacia, teníamos que agarrarnos a “Tío Mañas” y despertar el ingenio,  poníamos todo en un puchero de barro o de porcelana, se le ponía a la lumbre hasta que rompía a cocer, entonces se le tapaba con una tapadera de corcho bien ajustada, se le limpiaba bien para que no arrastrara brasas y se le enterraba entre paja, a la mañana siguiente tenias tu condimento bien cocido y calentito.

Quien dice que, los caminantes de este camino que, llegaban a las ventas exhaustos de caminar y con pocas ganas de cocinar, no usaban este procedimiento para prepararse el almuerzo del día siguiente, sin tener que prescindir del reparador sueño que necesitaban para el camino del día siguiente.

                                                  Daniel Blázquez Paredes.

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